“La excelencia de un gobierno no se juzga por su orden.” 

Lao-tsé

 

Elio Montiel

Elio Montiel

Creo que soy de esos extraños individuos que le gusta el orden (entiéndase tal como el que particularmente yo, o cada quien entienda por orden). Creo en la importancia de que exista una jerarquía, claro por qué no? O como decía mi abuela y remedaba mi padre“… en el cielo hay Ángeles Arcángeles y Serafines”. Expresiones como esas sólo pueden existir en un mundo del orden e implica la existencia y continuidad de la humanidad, si no, que explicación puede tener la frase de que “Enel principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del… etc, etc, etc… o la frase de Paul Claudel, diplomático y poeta Francés que decía “El orden es el placer de la razón pero el desorden es la delicia de la imaginación”. Y así de tanto en tanto podríamos construir un catalogo de frases y consideraciones respecto al orden que superaría en gran manera a la Enciclopedia Británica.
El caso es que, que esto del orden también ha servido sospechosamente como una forma de garantizar la ineficacia de procedimientos, el contexto adecuado para echarle la culpa al otro, el irrespeto a la inteligencia del otro, y sin duda un paraíso de austeridades simbólicas que al momento de las chiquitas también sale a relucir (hasta ahora no he sabido de algún ser que se haya colocado en la intercepción de investigar qué sirve y qué no en un procedimiento de manera tal que se pueda agilizar o hacerlo eficaz… bueno quizás en la NASA).

Cierto día le comentaba a un amigo en relación a una incidente que había observado en su oficina y le decía que uno de los peores canceres de las organizaciones se alimentaba a toda capacidad del “Funcionarismo”. ¡Parece que hay un funcionario para todo y para nada! Reí tratando de hacerme el chistoso. Con una cara de “Te entiendo pero no…” se sonrió y no me dijo nada. Obviamente, no quise dejar las cosas sin explicar y pasé a contarle mi experiencia en una situación que para el momento me fue incómoda e incomprensible, pero muy aleccionadora.

A mi escritorio llegó la carta de renuncia de uno de los mejores empleados de la empresa, sin la menor explicación del por qué quería darse de baja, sobre todo siendo uno de los pilares del servicio que prestábamos. Le hice llamar para intentar entender el por qué de su decisión, a lo que respondió narrándome la difícil situación por la que atravesaba y que no le veía salida a la de renunciar para poder recibir su liquidación y solventar la situación que no cabe en este momento narrar y que era a mi manera de ver bastante trágica. Si aquel joven renunciaba era más sencillo y menos tardío el procedimiento, que si solicitaba un adelanto de sus prestaciones debido a que debía ser autorizado, sellado, endosado, en fin toda una letanía de funciones que debían ser realizadas por otra letanía de funcionarios, con mucho trabajo administrativo y bla, bla, bla, bla. Llamé entonces al Asistente Administrativo (el Administrador estaba muy ocupado) y sostuve una conversación sobre procedimientos de la organización, la importancia de ser fiel a ellos y sobre tiempos legales y razones de los retrasos entre otras cosas como las normas y criterios administrativos y de la fuente de tales criterios.
A la mañana siguiente y en mi investidura de Director, solicité un adelanto de prestaciones con el propósito de aclarar mis dudas sobre el procedimiento. Primero fui a la oficina de personal, llene una planilla con una breve exposición de motivos (solicitada en el impreso) fui luego acompañado con el Jefe de Personal al Dpto. de Contabilidad donde un chico bastante amable (obviamente sabía quién era yo), orgullosamente descargó su sello en la planilla. De allí pasé al Asistente Administrativo, quien sorprendido me recibió, descargó la información contable asociada a la nómina, estampó su indescifrable y fulgurante firma y dado que era el jefe de quien se trataba, me acompañó a la oficina del Administrador, quien finalmente, mientras me ofrecía una taza de café, estampaba su firma ejecutiva y sello en la planilla. Miré mi reloj y dije – Con todo y café no he tardado veinte minutos en obtener una parte del dinero que me pertenece como trabajador de esta organización. El Administrador sonrió confundido. Continué diciendo. He tardado más de cinco años en tener un excelente trabajador con capacidad de respuesta a mis intereses, que son al fin y al cabo los de la organización a la que prestamos servicio, y voy a perderlo por menos de veinte minutos. Extraje de mi chaqueta la documentación del chico a quien convencí de no darse de baja y se la entregué en las manos al Administrador y dije – No hay necesidad de que le invites un café… Me levanté de la silla y dejé en la oficina del Administrador al Jefe de Personal y al Asistente Administrativo. Creo que al final entendieron el mensaje… Yo seguí el procedimiento.
La Burocracia o funcionarismo, puede llegar a ser el momento puntual del estallido del big bang, una necesidad de expandir la corriente para el funcionamiento correcto del estado o de las organizaciones, ya que dicho sea de paso, igual sucede en el ámbito empresarial privado, que lleva a cuesta, la pérdida del sentido común, la idiotización de los funcionarios que es necesario destacar, son una inversión a corto mediano y largo plazo de la organización, retraso en los objetivos de la organización, paralización y quiebre del trabajador indistintamente del rango y la peor de las fallas la pérdida del sentido de humanidad.

Que descansen…

Elio Montiel

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